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Amor de la tierra verde
Amor de la tierra verde,
ebrias de savias las flores;
un arco iris con tizas a colores,
revolando en las áureas pulpas del polen,
entre las pálidas cascadas con quieta nieve.
Y el blanco frío, amargado
en los silenciosos labios invernales.
Hay, sin embargo, una rota mudez
por azar de la espuma cargada de olas.
Mar que sopla los años, y rompiendo
sus crestas impetuosas sobre las costas
de estas piedras. Sollozar así
sus dorados océanos en las orillas,
ricas en puñados de bellos oros de arena.
Tus cantiles, ah paisaje de verde viento y norte,
robles intensos con sus centurias de raigambre
ahogadas bajo la patria tierra.
Ved entonces a la vasta y remota
soledad entre los oleajes encrespados,
conmovidos, dolidos, antiguos, añejos,
igual, en mala teología pero no inepto verso,
al dedo creador de Dios.
Y la lírica; cítaras del extraño rosal
del hielo frígido en los pétalos,
sintiendo las espinas
de la piel rosada en sus mares.
Tempestad de los dulces ojos en los océanos;
ánimas son estos llantos que se destrozan
sobre el musgal, prieto en la escollera,
y un desgarrón de burbuja nevada
claudica en el acre nido del cangrejo.
Ah manjares viajeros,
embajada de unos solares con limos de sal
y tercas y plateadas rompientes
sobre la grisácea soberbia
del henchido velo, cruento en el almejar.
Agrias son estas tardes, mi alma,
y mistéricos los fríos lunares de las noches.
Amor a la tierra esmeralda en los pinos.
Y su crepúsculo, jugoso de cereza y de fresa,
se derrama por el mar. Espesas
son las venas del tierno néctar marino.
Con el áspero sabor del otoño, pues,
cuyas tardes de invierno llevan aguas;
para que las orillas así tiñan de rocíos
a la sangre
que no descansa de las rojos reflujos del ocaso.
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